Nació en (Alemania, en 1098, su familia pertenecía a la nobleza y ella fue la menor de diez hermanos, desde muy niña sufrió visiones que más tarde la propia Iglesia confirmaría como inspiradas por Dios, nombrándola  Santa. Fue abadesa, líder monástica, mística, profetisa, médica, compositora y escritora.

Conocedora de las teorías musicales de Guido de Arezzo (990-1050) -creador del sistema de solfeo que aporta las líneas del tetragrama (4 líneas) y conocido sobre todo por dar nombre a cada nota tal y como las conocemos hoy a partir de la primera sílaba de cada verso del himno de San Juan Bautista – e incluso de Boethius (h. 480-524), asombra por la utilización de formas no comunes a su tiempo.

Tuvo un profundo aprendizaje en latín, griego, liturgia, música, oración y ciencias naturales y, además una disciplina ascética. A los dieciocho años, Hildegard tomó los hábitos benedictinos. Solía decir que «se alimentaba de la Biblia» y que la música le era dictada durante sus visiones.

Escribió nueve libros, y uno de ellos importantísimo para la medicina, pues en él se hace un acercamiento a la ciencia de curar desde la perspectiva holística, incluyendo conocimientos de botánica y de biología.

En 1136, asumió la dirección del convento. A los 42 años sobrevino su despertar religioso, el episodio de visiones más fuerte, durante el cual recibió la misión de predicar sus visiones y la comprensión religiosa que le había sido otorgada.

Como compositora escribió 77 canciones y una ópera,  Ordo Virtutum. Su música es considerada un apéndice de sus visiones y escritos religiosos, cargados de imágenes de gran belleza y fuerza creativa. De todos modos, al margen las compositoras del siglo XX,  es la más difundida. Numerosas antologías de música medieval incluyen sus obras suyas.

Fue admirada y respetada por monarcas, papas, nobles caballeros y doctos frailes, algo inaudito para una mujer en la Edad Media.

La mayoría de sus composiciones son audaces y se apartan de los estilos de la época. Son obras que abarcan amplios registros, con melodías muy trabajadas, donde la música es tan importante como la poesía.

Como Bach, Beethoven y otros genios artísticos, la abadesa creía que su talento representaba la voz de Dios que hablaba a través de ella. Combinó en una sola persona las antiguas artes de la profecía y la curación con las cualidades creadoras de la literatura y la música.

Además de sus tratados de teología e historia natural, su Materia Médica es todavía la fuente de nuestro saber acerca de la medicina medieval. Sus composiciones cambiaron definitivamente la orientación de la música, con el legado de que ésta confiere más poder a la plegaria, un concepto adoptado por el cristianismo y otras religiones.

Hildegard sobresalió en el arte de la composición musical y escribió un gran número de obras monódicas para los servicios religiosos, así como un “misterio” con música llamado Ordo Virtutum. Su estilo musical fue individual y debido a que escribió pensando en voces femeninas, sus melodías exploraron rangos mucho más amplios que las de los compositores contemporáneos.

Sus cantos también emplean motivos melódicos repetitivos, y ya que ella no recibió una enseñanza musical formal, sus piezas tienen una cualidad de improvisación que sugiere más la labor creativa de una cantante que de una compositora.

Hildegard no fue la única mujer de su época en escribir música pero fue la única o una de las pocas que logró mantener la autoría de todas sus obras, gracias a que supervisó personalmente la copia de los manuscritos. Tan audaz acto permite hoy en día escuchar su música.

Hildegard aboga por una estrecha relación entre texto y música:

“El alma es sinfónica; y lo mismo que la palabra designa al cuerpo, así la sinfonía designa al espíritu, porque la armonía celeste proclama la divinidad, y la palabra publica la humanidad del Hijo de Dios”.

Sus innovaciones en el terreno de las artes y las letras llegaron hasta el terreno de la escenificación. Su intenciín era solemnizar mejor las fiestas litúrgicas, utilizando los procedimientos teatrales a su alcance (sus monjas vestirían largos vestidos blancos y coronas doradas mientras entonarían salmos, etc.).

En una larga carta a los prelados de Maguncia (1178) se alude al intenso cultivo de la música vocal e instrumental bajo su dirección en el convento de Rupertsberg. Probablemente durante aquel tiempo se instituyó la para entonces innovadora costumbre de celebrar las principales festividades eclesiásticas vistiendo velos blancos, anillos y tiaras muy elaboradas en su diseño, representando de esta manera las monjas el papel de novias de Cristo.

La producción musical de Hildegard alcanza aproximadamente las 159 composiciones esencialmente litúrgicas y de carácter monódico, íntimamente ligada a su producción poética, tanto de carácter lírico como dramático.

Su obra principal es Symphonia armonie celestium revelationum, que comprende 77 poemas o cantos espirituales: 44 antífonas, 17 responsorios en prosa; 8 himnos; 1 kyrie, la excepción a la regla de que la mayor parte de los textos musicados de Hildegard están tomados de sus obras literarias, y 7 secuencias para la misa.

Hildegard es también autora de  letra y música de una representación teatral sacra, el “Drama de las Virtudes”, una de las composiciones dramáticas morales más antiguas y uno de los pocos dramas medievales latinos de los que conocemos el nombre de su autor.

Finalizado seguramente antes de 1151, aparece escrito en verso dramático (libre), en el cual los movimientos y ritmos, aunque autónomos, se adaptan a la melodía (consta, en concreto, de toda su música, un total de 82 melodías cuidadosamente anotadas).

Hay influencias que pueden ser rastreadas en el  vocabulario empleado por Hildegard  y encaminan hacia las utilizadas en determinadas partes del Antiguo Testamento, como el Cantar de los Cantares (al utilizar imágenes eróticas y místicas), el libro del profeta Isaías o el Apocalipsis.

Su música “está pensada para añadir un grado más alto de contemplación a la liturgia”, como señala Marcel Pérès.

La tendencia general, a la hora de interpretar su música, es la de realizar una declamación lenta y solemne, con vistas a que el oyente pueda aprehender cada palabra del texto y así pueda construir en su mente la imagen sugerida por el mismo y llegar a su contemplación sonora e incluso visual.

Otra de las novedades de la música de Hildegard radica en su claro distanciamiento de la música de su época.

Las composiciones de Hildegard se construyen generalmente a base de “fórmulas” melódicas, es decir, de unos pocos fragmentos o patrones melódicos que se repiten en diversas ocasiones, bajo diferentes condiciones melódicas y modales (ya sea en alguna de sus numerosas variaciones posibles, o bien combinados y enriquecidos con melismas).

Concretamente, las fórmulas melódicas utilizadas en los poemas de Symphonia aparecen más ornamentadas que las utilizadas en el Ordo virtutum, mucho más cercanas a lo silábico en su composición, acaso debido a su dependencia de la “acción” dramática.

Y en esto precisamente radica una de las características más peculiares e innovadoras de la obra de Hildegard: en el uso de estas fórmulas, más aún, en el empleo que de ellas se hace.

Artículo y video sacados de http://www.revistadeartes.com.ar/revistadeartes12/mujereenlamusica.html#3