En la planta baja del Auditorio Manuel de Falla, cerca de la entrada al escenario, hay una pequeña placa de Fajalauza que conmemora la reinauguración del lugar en 1987 tras el incendio sufrido un año antes. En ella hay dibujada un Ave Fénix para indicar que éste había resurgido de sus cenizas. Ayer, tras dos años de reformas y, por fortuna, sin cenizas que lamentar, el Auditorio reabría, una vez más, para su público y para su orquesta. Como ha descrito muy acertadamente Víctor Estapé en el texto de presentación de la programación de la presente temporada de la OCG, los aficionados pueden por fin abandonar el exilio del Palacio de Congresos y volver al ritual que implica la ascensión al Auditorio, y a la contemplación de sus privilegiadas vistas como una suerte de preparación ritual para los conciertos.

Y el Auditorio se reinauguró con un programa obvio (quizá también inevitable): obras de Manuel de Falla, el Falla más conocido: El interludio deLa vida breveEl sombrero de tres picos, las siete canciones populares españolasEl amor brujo. En un primer momento estaba previsto interpretar también El beso del hada, de Stravinski. Ignoro si esta obra se cayó por dar mayor unidad  al programa; plantearse otras razones comenzaría a ser incómodo. Las partes cantadas corrieron a cargo de la conocida cantaora granadina Estrella Morente: magnífica elección que daba realce al acontecimiento y reforzaba su carácter entrañado y emotivo. También supuso, sin duda, un reclamo que es probable convocara a personas que, sin él, no hubieran pensado acercarse a esta inauguración (de hecho, ni al Auditorio en general).

La cosa comenzó de forma interesante: hubo un error tanto en las entradas como en la publicidad en algunos medios, y el concierto se había anunciado para las ocho cuando en realidad era a las nueve (en la página de Internet de la Orquesta, no obstante, estaba bien), con lo cual la mayor parte del público subió con más de una hora de antelación. Enseguida se formaron los consiguientes corrillos de conversación entre desconocidos momentáneamente aunados por una causa común. Unas pocas señoras, y sus deudos, estaban indignadísimas: clamaban por hablar con alguien y, cuando lo consiguieron, no se conformaban con una disculpa, con la apertura del recinto antes de tiempo (donde podía verse una exposición fotográfica), ni siquiera con el libro de reclamaciones. A lo mejor pretendían interponer una querella criminal. Daban ganas de improvisar un grupo de Facebook: “Señoras que para una vez que suben al Auditorio, las confunden de hora y quieren una indemnización millonaria por ello”.

Poco a poco fue llegando más público y autoridades. Al abonado a la orquesta no le costaba adivinar que el público no era del todo el habitual: trajes de fiesta un pelín extemporáneos en su sofisticación se mezclaban con alguna que otra camiseta sin mangas que mostraba brazos de varón de piel “color de verde luna”, que hubiera dicho el clásico de la tierra. Esta vez no iba a haber asientos vacíos de protocolo, y, por supuesto, el resto del aforo estaba vendido. Estrella Morente es mucha Estrella. Y un acto de inauguración es ante todo social. ¿Cultural? Sí, claro, también: algún pretexto tiene que haber para organizarlo. Cuando entró en el patio de butacas Enrique Morente, tras saludar al Alcalde y antes de ocupar su asiento, recibió algunos aplausos aislados.

¡Qué alegría volver a escuchar a la Orquesta en su lugar, con nitidez, cercanía, calidad, brillo! La OCG hizo un Falla espectacular y vibrante bajo la dirección apasionada y risueña de Juan José Mena. Como muestra, el botón de la “Jota” de El sombrero de tres picos, apoteósica, donde, gracias a la precisa interpretación, el aficionado podía reconocer el magisterio de Ravel sobre Falla, ese descomponer la coda hasta extremos casi inconcebibles, al borde de la parodia, hasta el paroxismo final.

Estrella Morente tuvo problemas técnicos en su actuación. En la primera parte interpretó cuatro de las siete canciones populares con un micrófono de pinganillo. El calibrado no estaba bien y su voz sonaba en un plano muy alejado del de la orquesta, reverberante y artificial, como si hubieran puesto un CD. Para colmo, cuando libraba su potencia, el altavoz comenzaba a chasquear, lo que deslució la interpretación. Ella no perdió ni la gracia ni la compostura, pero cantaba contenida, casi con miedo, para que el micrófono no hiciera ruido. En la segunda parte, para El amor brujo, ya le habían puesto un micrófono normal y mejor calibrado (y aun así chasqueó una última vez) y pudo dar rienda suelta a su voz; además la obra, más explícitamente flamenca que las canciones, la hacía estar más en su elemento. El misterio de todo esto es, con el torrente de voz que tiene, por qué no cantó sin megafonía. El “romance del pescador” lo recitó (magníficamente) alejada del micro, la orquesta haciendo su parte, y se le escuchó con potencia, claridad y nitidez. Por cierto, la Morente no sólo cantó y recitó: actuó, y bailó —por ejemplo en la celebérrima “Danza ritual del fuego”— con gracia y propiedad: hizo suyo El amor brujo y se metió al público, con merecimiento, en el bolsillo. Al final, respondió a los aplausos con una propina flamenca cantada a capella (que no hizo sino confirmar que no necesitaba mircrófono); probablemente buena parte de los asistentes (que durante el concierto aplaudió y e incluso dio algunos inauditos olés fuera de lugar) hubiera cambiado ese momento por toda la música culta occidental desde el Canto Gregoriano. Feliz vuelta a casa, Orquesta Ciudad de Granada.

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